domingo, 28 de agosto de 2016

Wabi sabi: el elogio de las sombras

La simplicidad es la esencia de la sofisticación.
Leonardo Da Vinci.

A menudo me dejaba perpleja el absoluto arrobo y la total concentración con que mi hija mayor contemplaba las páginas de enormes y pesados libros de mitología japonesa. Era pequeña, muy pequeña todavía. Y amaba todo lo japonés, nunca supe por qué. Sin duda, pensaba yo, esos intrincados y coloridos dibujos de dragones y flores de loto son muy atractivos para sus ojitos.

Luego vinieron los Pokémon. Más tarde, en la adolescencia, llegó el Manga. Cientos de libros de cómics japoneses llenan desde entonces sus estanterías. Dibujaba Manga como una maestra, sin haber cogido antes un lápiz de color para dibujar ninguna otra cosa. Después, a la par que los vampiros de Anne Rice, llegaron los kimonos; con ellos acudía a fiestas juveniles de fin de año y bodas familiares.

Poco a poco, y a la sutil manera japonesa, Japón se incorporó a nuestra vida sin hacer ruido, instalándose definitivamente en su cuarto.

Durante los primeros años de su carrera universitaria empezaron a entrar en casa películas y libros sobre cine japonés que encontraron, sin dificultad, un sitio de honor entre sus diccionarios profesionales. Los DVDs firmados por directores de cine con apellidos repletos de kas y vocales débiles, colocadas de forma tan ajena que pronunciarlos me parecía una hazaña lingüística, se instalaron en sus estanterías.

-Bueno, seguramente fuiste japonesa en una vida anterior, y esa vida fue corta -le decía.


Yo le presenté a Mishima.

Poco antes de casarme con otro me había enamorado de él. Su prosa impecable, exaltada y, aún así, contemplativa; el preciosismo de sus descripciones; la abierta exposición de los sentimientos de sus protagonistas, profundos y carentes, a la vez, del barullo explicativo y tormentoso occidental. Sentimientos tan delicados y, sin embargo, soberbios en su crudeza... Por no hablar del romanticismo que desprendía cada minuto de su vida personal, tan misteriosa y extrema que, por su homosexualidad (¡qué desperdicio!) y sus contundentes ideales políticos y sociales, lo guió hacia un inevitable suicidio ritual que elevó el sepuku a cotas inimaginables en el arte de la muerte por la propia mano. Todo ello y mucho más había hecho que me enamorara perdidamente de Yukio Mishima de forma irremediable... sin la necesidad imperiosa de enamorarme, también, de su Sol Naciente.

También enamoró a mi hija, casi tanto como Harry Potter lo había hecho y como luego lo harían Murakami y otros tantos escritores nipones. Cuando se fue a Canadá a terminar la carrera, Japón salió de casa junto con sus maletas, dejándonos a su hermana y a mi un poco huérfanas. La sombra de Japón, a pesar de todo, seguía flotando de forma sutil en su cuarto, y cuando sentía nostalgia de mi hija me sentaba unos momentos allí, bajo su techo con forma de pagoda.

Cuando empecé a investigar seriamente sobre la felicidad no se me ocurrió buscar en Japón. Estudié filosofías y busqué métodos e ideales religiosos que nombraran a la felicidad como protagonista de una vida en todas partes; pero no se me ocurrió mirar en Japón.

Dí con religiones y filosofías occidentales que basan lo importante en la austeridad cotidiana, la resignación, el cumplimiento de los rituales -personales y comunitarios-, la inescrutable voluntad de Dios (sea eso lo que sea), el respeto estricto a la ley, la importancia de olvidarnos de nosotros mismos y de nuestras pretensiones para prestar atención a los demás y las suyas (la caridad)...  Digo yo que habrá que encontrar un término medio. Y por ahí sigue mi búsqueda.


Cayeron luego  en mis manos todo tipo de libros y manuales, legajos y estudios universitarios procedentes de todos los rincones (el que busca siempre encuentra, dicen). Soy ese tipo de escéptica que, por si acaso, prueba. Hago caso de lo que me parecen señales, o guiños por si lo son.

Hace ya un tiempo que vengo notando que Japón planea de nuevo sobre mi vida sin que mi hija tenga nada que ver con ello, aunque me parece curioso el hecho de que se haya vuelto a instalar en España. ¿Señales, guiños? Por ejemplo, el curso pasado, en una reunión de un club de lectura, comentamos El elogio de la sombra, de Tanizaki; no hace mucho releí, por inclinación repentina, Nieve de primavera, de Mishima; y ahora empiezo a oír hablar del Wabi sabi, el secreto japonés de la felicidad. ¿Señales, guiños?

¿Y qué es el Wabi sabi?

Dice Leonard Koren que, en el panteón de los valores estéticos japoneses, el Wabi sabi ocupa una posición similar a la que tienen en Occidente los ideales de belleza y perfección de la antigua Grecia.

Este secreto japonés de la felicidad con nombre de salsa picante hace referencia a la belleza de lo imperfecto, la fuerza ocula de lo sencillo, el lado luminoso de las sombras, la importancia de lo incompleto. El algo sutil y a la vez espontáneo donde la naturaleza ejerce de maestra en el arte de vivir la belleza y la armonía tomando un camino nuevo. El valor de lo imperfecto y lo efímero nos prepara para disfrutar -en lugar de soportar- el milagro de la vida en general, y de la nuestra en particular.

"Demasiado bonito queda feo" sería un buen resumen de esta visión artísica zen que surge en oposición al perfeccionismo chino del siglo XVI y que se inspira en la contemplación de la naturaleza (imperfecta siempre, según los cánones geométricos clásicos), representándola en el arte floral Ikebana, los haikus, el teatro Noh e incluso, por qué no, en su ceremonia del té, tan llena de elegancia en el recato de sus movimientos.
No vamos a convertirnos en japoneses de alma; creo que ni podemos ni queremos. Pero sabiendo un poco más sobre esta forma nipona de ver la vida es muy posible que alguna de sus perspectivas nos llame y haga prosperar en nosotros el deseo de cambiar nuestra visión acerca de alguna de las áreas importantes de nuestro "terrible cotidiano". Sólo por ver si mejoran vale la pena el intento.

Wabi es la sensación que nos provoca el cielo una tarde de otoño, la melancolía del color cuando todo sonido ha sido silenciado y, por alguna razón que la mente no puede explicar, las lágrimas brotan de nuestros ojos sin control. Es la expresión de esa belleza que, como la naturaleza misma, es a la vez oscura y luminosa, triste y jubilosa, dura y maleable; es esa fuerza natural que no es perfecta sino siempre cambiante y fuera de alcance. Wabi es una idea filosófica. Wabi, para los japoneses, es la fuerza.


Sabi es, fundamentalmente, un concepto estético, un espíritu poético íntimamente relacionado con la perspectiva wabi de la vida. De ahí el nombre de Wabi sabi.


Creo que la prisa es una enfermedad occidental que ha alcanzado niveles planetarios. Hasta no hace mucho era inimaginable pensar en un japonés o un balinés estresado; un indio de la India amargado; un lama enfadado o un chino saliéndose de madre... Con un poco más de esfuerzo, imaginaremos todo eso y mucho más sin problema.

Cuando cerramos los ojos, nuestras cabezas se llenan de imágenes de momentos pasados y momentos futuros, de cosas que un día soñamos y no llegaron, de cosas que teníamos y desperdiciamos lanzándolas a la basura por abrumamiento. Nunca nos llenamos del momento que estamos viviendo sino de otro cualquiera. Como consecuencia, casi todo lo que pensamos cuando atravesamos momentos complicados de la vida parece llevarnos a callejones sin salida, mientras una vocecita tímida y asustada nos propone que huyamos de ahí. A veces nos cuesta respirar. A menudo no podemos dormir. Y casi nunca podemos escucharnos a nosotros mismos.

Y sí, huimos, sí. Llenando nuestros armarios de cosas que no necesitamos, bebiendo y comiendo de más, gritando a nuestro cónyuge o a nuestros hijos sin motivo, mostrando en las redes sociales nuestras más íntimas decepciones y miserias, nuestra rabia o nuestros cuerpos; huimos de mil maneras buscando esa palmadita en la espalda que no sabemos darnos a nosotros mismos porque no somos perfectos, ni siquiera suficientes. O eso creemos.

El wabi-sabi se fundamenta en la idea de la belleza, la simplicidad, la moderación y la humildad que todos, en el fondo, somos. Nos enseña a descubrir la belleza de las cosas con toda su imperfección, su sencillez y su fugacidad. Nada en la naturaleza tiene un carácter permanente: las hojas se caen en otoño, la nieve mata las flores en invierno. La primavera las obliga a renacer y el verano les da su máximo esplendor. Y todo vuelve a empezar. Como nosotros.

El wabi-sabi contempla lo que es y acepta el constante cambio y movimiento de todo lo existente, el flujo de la vida en su esplendor recatado (me encanta la palabra!). El exceso, en cambio, persigue el perfeccionismo, lo opuesto absoluto a la naturaleza. "No existe el perfeccionista feliz; se sabría", nos advierte generosamente Marie Hadou. Lo malo del perfeccionista es que piensa que lo conseguirá, que será el primero en conseguirlo aunque nadie lo haya hecho antes. Y ahí seguimos.

El wabi-sabi no contempla lo accesorio ni lo superfluo, se centra en la importancia de la moderación y la esencia misma de lo que ya es. Ve y refleja los sutiles contrastes que nos ofrece cada momento, cada objeto, cada persona. Es el Arte del Zen con mayúsculas, el arte de la sencillez. Estar contento con lo que es ahora mismo sin dejar por ello de aspirar a más parece ser el verdadero arte de la felicidad.

No importa en lo que se persiga, la uniformidad y la perfección euclidianas parecen ser poco aconsejables para la paz de espíritu y el contento mental. No necesitamos temer la perfección porque nunca la alcanzaremos, nos advertía el loco Dalí. Dejar algo incompleto lo hace interesante y nos da la sensación de que queda espacio para que crezca.

En todas las cosas, por fortuna, hay una fisura. Y es por esa fisura precisamente por donde entra la luz.


lunes, 4 de julio de 2016

Los tres actos de cualquier historia: El viaje del héroe...


Joseph Campbell (1904-1987) fue escritor y profesor estadounidense que se especializó en mitología y simbología de arquetipos colectivos, siguiendo la línea de pensamiento de Carl Jung. Fue Campbell el que nos reveló la existencia de innumerables mitos que, en todo tipo de culturas y religiones y en toda época, existieron, existen y probablemente existirán las mismas estructuras y etapas fundamentales que rigen cualquier historia bien contada. También existen esas tres etapas fundamentales en la vida de toda hembra y todo hombre que haya pisado la Tierra.

En su obra más aclamada, El héroe de las mil caras, dejó bien establecido el orden de las etapas en la vida de todo humano que, ¡oh, sorpresa!, resulta también ser el orden que ha de seguir, sine qua non, toda historia para considerarse una verdadera historia. Estemos satisfechos o no de cómo hayamos cruzado esa etapa, soy de las partidarias de ponernos una medalla cada vez que atravesemos cada una de ellas (viviendo o escribiendo).

Este orden siempre es el mismo:

Acto Primero: Toma esta manzana; te hará más sabio...

Para mi gusto, este es el mejor de todos, cuando aún no sabes lo que te espera pero crees que va a ser fantástico. Es el acto del ¡¡Tomaaaaaaa!! (o ¡toma ya!).

El protagonista -héroe- es invitado a iniciar una aventura. Él sabe/cree/confía en que está capacitado para llevar a buen término ese encargo. Esta confianza en sí es la que dirige a nuestro héroe -con más o menos entusiasmo- a caer en "el incidente que le incita", que es el final de este primer acto de la historia.  (En el caso del detective es ese momento en que la viuda del finado le convence para que averigüe quién mató a su amado esposo y el héroe dice sí, yo lo averiguaré para ti. Y con eso, se pone todo en marcha. En la Historia, es el momento en que Adán y Eva deciden, y llevan a cabo, el acto que nos tiene hoy como nos tiene a todos. Tanto el detective como aquellos malditos primeros padres están convencidos de su inteligente elección y acometen la aventura sin problema.)

Acto Segundo: La suerte está echada...

No te quiero engañar: de los tres actos, éste es el más puto. En realidad, putísimo. El acto segundo, o intermedio, o nudo, es donde pasa casi todo lo importante y lo malo: los tropiezos, las falsas esperanzas, las armas, las relaciones importantes (con antagonista/s y ayudantes), los obstáculos, la segunda, la tercera y hasta la centésima caída, alguna que otra alegría (normalmente pequeña y falsa)... No sólo eso sino que, cuando menos se lo espera y peor le viene, cae en la cuenta de que está en el punto de no retorno o nudo, o meollo... En fin, qué te voy a contar que no sepas. Pero visto desde la distancia, muchíiiiiiiiiiisimo tiempo después, resulta que éste es, siempre, el Acto más interesante. Dicen.

Nuestro héroe, en un principio, siempre intenta resolver el asunto por la vía más fácil y/o más rápida. Y cae en una espiral de desgraciados incidentes que le llevarán, si la historia está bien contada, a un agujero negro (momento culminante del nudo). Ahí es cuando nuestro protagonista se percata de que la invitación, en realidad, no implica obligatoriamente diversión sino todo lo contrario. El mayor de los obstáculos, el más importante de ellos, es el lapso de tiempo en que tiene que dedicar todo su foco a luchar en la oscuridad más absoluta, de la que el antagonista es el rey y en la que se mueve como pez en el agua. En este acto, el héroe sólo cuenta con su propia voluntad y fuerza y, quizás (bueno, siempre) con uno o más facilitadores o ayudantes de los cuales, seguro seguro, que uno al menos es un topo del otro bando o, simplemente, un individuo de poco fiar.  (En el caso del detective, cuando éste tropieza con pistas falsas, con la Mafia, con el asesino pero no puede detenerlo por falta de pruebas, o con una mujer sexy que hace movimientos sospechosos, la agresión directa a su persona, y todas esas terribles -y reales- posibilidades, creo que sí puedo, tú puedes, etc... Ayudándose de  alcohol y, en muchos casos, de drogas más duras como la inseguridad, el miedo, la falta de confianza, consejos contradictorios ajenos y más lloros y súplicas de la viudita, sigue intentando salir adelante. En el caso de Adán y Eva es el momento después de qué rica está la manzana, el ángel vengador, ganarás el pan con el sudor de tu frente y parirás con dolor [esto, solo para la heroína]; y aquí estamos. Es el momento en que el héroe se pregunta si realmente fue sensato aceptar el encargo. Pero la suerte está echada; nuestro chico está en un punto de no retorno.) 

Bajo mi punto de vista, en este Acto, lo mejor es no pensar; dejarse guiar por el instinto y la intuición; pero claro, ninguno lo hacemos. Y seguimos adelante como podemos. El más puto, como te digo. AMO el Deus ex machina. Profundamente.

Acto Tercero: La victoria en sus manos... 

El héroe tiene que resolver el asunto planteado en el primer actor y sufrido en el segundo a cualquier precio. Así demostrará que ha aprendido de todos los batacazos algo que vale la pena, y eso lo transformará. Este tercer acto o "fase de redención" es el que más me gusta de largo: el héroe evoluciona a ojos vista, convirtiéndose en un "ser iluminado" al descubrir lo que tiene que hacer -con o sin ayudas- para resolver el famoso y puto conflicto. (En el caso del detective: mata al dragón, pilla al malo y consigue encerrarlo de por vida; la viuda, agradecida, le paga cuantiosos honorarios por su impecable trabajo y quizás hasta se casa con él... O quizás es la chica sexy la que acaba por llevárselo al altar y a la cama -no necesariamente en este orden- porque resulta que sí era una ayudante fiable. Pero el detective se casa y cobra fijo. En el caso de Adán y Eva desconozco el desenlace; estamos aún en el segundo acto).

Y ya tenemos la historia redonda que tanto gusta a los lectores.

Personalmente, me atrae más el papel de facilitadora o ayudanta que el de protagonista; requiere muchos menos esfuerzo y conlleva menos responsabilidad. Es un trabajo menos agotador, dónde va a parar.

Pero resulta que en mis propias historias dentro de mi historia no tengo más remedio que ser el héroe, y en una de ellas sigo en el acto segundo, Aprende a Escribir Bien. En serio. Siento terrible nostalgia del primer acto, Con lo bien que Escribo, que lo sé Yo y lo dice Todo el Mundo, el máster está chupáoh. 

En el proyecto de fin de máster, entré en plancha en el segundo sin siquiera haber disfrutado del primer acto, que duró nada y menos; ese maravilloso tiempito del entusiasmo irredento, la alegría expectante y la seguridad en el éxito del encargo...

Y tu Acto Segundo, ¿cómo va?






lunes, 15 de febrero de 2016

Pasiones: Escribir (I). No todo es lo que parece...

Escribir es eso:  un placer oculto. 
Tiene que ver con la atracción, con palabras que
no puedes evitar utilizar al describir cosas demasiado interesantes
para que queden en el olvido. Y olvídate de las nobles razones.
Julia Cameron


Hotel Kafka.
El nombre podría haberme dicho algo. De ser más avispada, hubiera tenido tiempo de echarme atrás.
HOTEL: lugar físico con muchas habitaciones en alquiler —algunas de ellas, pocas, soleadas y con vistas—, largos pasillos y una recepción, en la planta calle, que vigila le entrada y salida de los que así se alojan. Por lo general, aunque no siempre, a cargo de alguien con don de gentes.
KAFKA: sin pensarlo mucho, siempre me viene a la cabeza el color negro, cambios aterradores, ambiente de penumbras, placeres ocultos (no muchos) e historias tristes bien escondidas tras las paredes, junto con pocos momentos de verdadera alegría; quizás por escasos, muy apreciados y solitarios.


Hace años hice aquí el curso True Crime sólo porque me gustaba el título y porque pretendía convertirme en escritora de novela policíaca. Siempre he sido muy descuidada y frívola al elegir los caminos de mi vida.
Quedé luego prendada del Kafka, de su ambiente "estudiantil adulto": muchos alumnos excitados, charlando en grupo a todo lo largo y ancho de la entrada, con un café en la mano y la carpeta azul de apuntes (o eso supuse) en el regazo. Todos sin excepción tenían los ojos brillantes y hablaban deprisa. En el mostrador de recepción tres personas sonrientes (una de ellas con pinta de lo que siempre he imaginado sería un escritor atormentado) ofrecían información acerca de a dónde teníamos que dirigirnos para nuestra primera clase. 
Me sentí un poco apabullada y fuera de lugar; hacía mil años que no estudiaba nada, mucho menos algo que me interesara al punto de ponerme nerviosa. Pero mi excitación pudo con mi temor. Recuerdo que, parada allí en medio, deseé con fervor "ser de alli"; todos los demás parecían conocerse.
De camino al aula que me indicaron cogí al vuelo un panfleto de una de las mesas de recepción: II Máster en Escritura Creativa. Hotel Kafka. Madre mía, pensé, ¡existe un máster en esto!
Desde ese momento, decidí que un día sería alumna de esto. Guardé mi panfleto y me metí en clase.
Para mi sorpresa y enorme alegría, el True Crime resultó no ser un curso de escritura sino, más bien, un curso de ciencias forenses y técnicas policíacas. En mis prisas por hacer algo en el Kafka, y siguiendo mi obsesión por el género negro, había pasado por alto leerme la información básica acerca del curso y me había quedado  —con gran alegría— en el primer renglón de la info: Curso eminentemente práctico. Mi lectura descuidada de esas palabras demostró lo poco puntillosa que fui al interpretarlas según mis temores más profundos: escribirás sobre crímenes hasta matarte. Siempre me ha dado miedo escribir.
Resultó ser otra cosa muy distinta: un curso completo y exhaustivo acerca de fiambres llegados a estado de fiambre por causas no naturales, normalmente por mano ajena y no siempre desconocida (creo recordar que el 85-90% de los crímenes son cometidos por familiares, amigos y/o conocidos de la víctima).
Con extensos y detalladísimos reportajes fotográficos, conocimos casi todas las posibilidades de lo que un humano es capaz de hacerle a otro, vivo o muerto: desde meterle una bala en la cabeza (lo más sencillito y limpio) hasta introducirle un palo astillado por el culo, con todas las posibilidades entre medias de estas dos que puedas imaginar. Desde sencillamente desmembrarlo y cortarle la cabeza hasta trocearlo pequeñito para un rico ajillo. Desde matar en un arrebato de pasión incontenida de celos (crime pasionelle, me encanta el nombre) hasta matar fríamente con técnicas exquisitas y novedosas, estudiadas y refinadas a lo largo de años deseando la venganza.
También aprendimos a diferenciar entre un agujero de entrada y uno de salida (de bala). El que más me gustó, por las fotos, fué el de forma de estrella. Aunque, desde luego, las fotos de los balazos no eran tan espectaculares como las de los descuartizamientos en vivo (mucha sangre, mucha).
Y hubo más sorpresas: resultó que "el forense" no existe como tal, porque forenses son todos los implicados en la resolución de un crimen: médicos, fotógrafos especializados de la poli, los detectives, abogados, psicólogos... Hasta las evidencias del crimen y el papel que juegan en su resolución son "el forense".
También se nos detalló, con amabilidad y profesionalidad, la información que un cuerpo muerto puede revelar: mecanismos, causas y maneras en que llegó al estado de fiambre. Y, por supuesto, los pasos que han de darse para mantener intacta la escena del crimen y las evidencias que el asesino haya podido olvidar por allí: manchas de sangre, restos de ADN, huellas digitales o de zapatos, el arma asesina (aunque esto no es muy habitual, los asesinos no suelen despistarse en algo tan gordo). Todo ello ayudará tanto a la policía como al escritor a la hora de reconstruir la escena del crimen.
También se nos ilustró en el asunto con casos de la vida misma que nos presentaron y explicaron en detalle un inspector de la Policía, un comandante de la Guardia Civil y una abogada y criminóloga que conocían el tema éste de los asesinatos al dedillo...

En 1983, Lynda Mann, una joven de 15 años, fue brutalmente violada y asesinada en la campiña inglesa, a las afueras de la pequeña ciudad de Narborough. En 1986, Dawn Asworth, también de 15 años, encontró un destino similar, lo que regó el pánico por toda la comarca. Cuando la investigación policial llegó a dique seco, los oficiales de la policía local decidieron probar con la nueva técnica de “la coincidencia del ADN”, que acababa de ser desarrollada por el doctor Alec Jeffreys en la Universidad de Leicester. La policía estaba convencida de que el asesino vivía y trabajaba por la zona, así que pidieron a todos los varones de por allí una muestra de sangre. Después de analizar varios miles de muestras, no se encontraron coincidencias. Y entonces, un hombre comunicó a la policía que un compañero de trabajo, Colin Pitchfork, le había propuesto que presentara una muestra de sangre en su lugar. En 1987, la policía obtuvo una muestra de sangre de Pitchfork y ¡bingo! allí estaba la esquiva coincidencia. Colin Pitchfork confesó y, en 1988, fue condenado a cadena perpetua. Y esta fue la primera vez que un análisis masivo de ADN se utilizó para resolver un caso criminal. Un true crime.

Los tres profesores de True Crime estuvieron, en todo momento, dispuestos a contestar con amabilidad y paciencia todas las preguntas que quisiéramos hacer los alumnos. Pero nunca se dio el caso de que tuvieran que contestar alguna pregunta, porque no hicimos ninguna.
No sé si porque las clases estaban ya perfectamente explicadas —que lo estaban— o por el encogimiento progresivo que nuestras carnes y espíritus experimentaban cada día ante los testimonios gráficos de lo que somos capaces de hacernos unos a otros, el caso es que no nos animamos a ahondar en ello. Total, para no escribir nunca la novela negra del siglo, ya teníamos suficiente información.
La dicotomía es mi estado natural por lo que es perfectamente entendible que reviva los detalles de aquel curso con tanto agradecimiento reverente como horror inolvidable.
Pero ese horror se queda corto si lo comparo con el que siento ahora, años después, aquí mismo, en el Kafka, cumpliendo mi deseo de cursar su máster en Escritura Creativa en el que, para mi sorpresa, sí tengo que escribir hasta matarme. 
Y lo tengo que hacer, a ser posible, bien, o lo mejor que sepa y pueda, aplicando para ello las 1.769 reglas, consejos y técnicas que he de mantener en la cabeza (que ya no es la misma) para hacer encajar personajes verosímiles que mantengan un buen ritmo de acción. Uno de ellos puede ser, o no, la voz narradora (que son muchas posibles) mientras bregan con un conflicto interesante que habrá de dar al menos un par de giros bruscos e inesperados para interesar al lector, creando a su paso posibilidades de desenlace creíbles y sorprendentes que consigues escondiendo información importante de maneras variadas pero no engañosas, que luego el lector te puede reclamar que le has manipulado. Además, la verosimilitud de la historia tiene que ser la bandera de la narración, aunque ésta transcurra en una urbanización de Júpiter en el año de Dios de 2390. Todo ello encabezado por un planteamiento impecable.
Al segundo día de clase pensé seriamente en abandonar: no me sentía capaz de aprender a hacer todo eso; conseguirlo sería más que una hazaña. De entrada, lo encontré imposible (al margen del hecho de que era incapaz de volver a aprenderme de memoria, a estas alturas, nombre y significado de palabras como elipsis, oximoron, endecasílabo, etc.).
Pero resulta que existía una varita mágica que te resuelve todos estos problemas de una vez: la escaleta. La escaleta es, según entendí, el pasillo que te lleva, directa y triunfante, a una de las habitaciones más soleadas del hotel, la suite Impecablemente escrito con vistas al parque Nueva autora que hará escuela.
Cuando lo supe lloré de agradecimiento, deseosa de aprender a hacer escaletas como nunca he deseado nada en mi vida. Contaba los días que quedaban para que Chavi Azpeitia (ya profesor nuestro de Lecturas II) comenzara a enseñarnos a hacerlas, entregándome así la clave de mi salvación.
Y llegó el día de la escaleta.
Y la escaleta, para mi incredulidad, puso las cosas muchísimo peor... Y más oscuras.



miércoles, 20 de enero de 2016

Mantén la calma y sigue andando

Soy optimista; no parece tener mucho sentido ser otra cosa.
(Sir Winston Churchill)

Cada mañana, cuando me siento a escribir, tomo mi primer y mi segundo cafés en una taza de fina porcelana inglesa de color rosa chicle que, hace un par de años por estas fechas, me regaló mi amigo Carlos a su vuelta de un viaje a Londres.

Sé que me la regaló con mala intención; su sentido del humor es enorme pero bronco a veces. Fue, estoy segura, un regalo irónico. Creo que piensa que no pierdo la calma porque no tengo sangre en las venas :-D. A pesar de todo, esta es mi taza preferida para empezar el día. 

El mensaje, en letras blancas y en inglés, me recuerda que mantenga la calma y siga adelante.

*    *    *    *

El 3 de septiembre de 1939 el Primer Ministro británico del momento, Neville Chamberlain, conformó un nuevo Gobierno con objeto de afrontar la crisis que se venía encima con motivo de la guerra. Tal era el temor y la ansiedad que vivía el país que Chamberlain llamó a Winston Churchill (a pesar de los pesares) y lo nombró Primer Lord del Almirantazgo, metiendolo a toda prisa en el Gabinete de Guerra.

Ante el temor del Gobierno británico de una invasión masiva por parte de los nazis, todos los ministros contribuyeron y pusieron su granito de arena. Para mi gusto, el más original -y sin duda muy creativo y eficaz- fue el llevado a cabo por el también recién nombrado Ministro de Información.

Lord MacMillan encargó a toda prisa una serie de simples pero sorprendentes carteles rojos (buen color si quieres llamar la atención) para devolver la confianza al pueblo británico y reagruparlo de nuevo con un objetivo común: superar ese miedo que paraliza el mundo. Estos carteles fueron pegados, colgados y clavados por todo el país en columnas, muros, tablones de anuncios y estaciones de tren. Uno de ellos rezaba: "Tu coraje, tu optimismo y tu propósito nos darán la victoria". Otro advertía que "Nuestra libertad está en peligro". 

Además, se preparó otro cartel del que se imprimieron más de dos millones de copias, aunque este poster sería distribuido únicamente si ocurría lo peor. En grandes letras blancas este cartel aconsejaba:

Keep Calm
and
Carry On

(Mantén la calma y sigue adelante)

A pesar de los ataques aéreos, los bombardeos al pueblo británico, la evacuación de los niños londinenses al campo para evitarles en lo posible el horror de la guerra, el drástico racionamiento de comida y otras necesidades básicas como los huevos o el hilo de zurcir, lo peor realmente nunca ocurrió. De hecho, esta situación extrema se salvó por el ánimo de los británicos, ánimo que queda reflejado en el ingenio femenino llevado al extremo cuando se aplicó a asuntos de moda: a falta de medias y calcetines finos o del hilo necesario para hacerlos, las mujeres comenzaron a "maquillar" sus piernas con té frío y luego se dibujaron en ellas largas líneas negras -que las recorrían de arriba a abajo- simulando la famosa y sexy costura de una media de cristal. ¡El ingenio, la coquetería y el coraje femeninos en marcha!

Como los británicos consideraron que no había ocurrido lo peor, los ejemplares de este cartel se destruyeron y se reciclaron en pulpa de papel... O eso creyeron los del ministerio de Información.

Hace algo más de una década, un librero inglés encontró uno de estos carteles en el fondo de una caja de libros que había comprado en subasta (o sea, a ojos cerrados). Y debió de gustarle. Porque lo enmarcó y lo puso bien a la vista junto a la caja registradora de su librería.

Y tanta gente quiso comprárselo que hizo imprimir reproducciones del póster con un eslogan que, setenta años después de que la invasión temida no llegara a término, ha alcanzado estatus de culto en el mundo moderno. Este mensaje reconfortante anima a cualquiera que esté pasando por períodos de ansiedad (económica, profesional, amorosa o peleando con su lista de buenos propósitos), asegurándole que, si sigue andando, encontrará el "adelante"...

*    *    *    *

Si los ingleses fueron capaces de mantener la calma ante la posibilidad de una invasión nazi, ¿no vamos a ser capaces nosotros de mantenerla ante la enormidad de nuestra lista de buenos propósitos para el 20116?

No te dejes asustar por todo lo que quieres conseguir, no te dejes achantar por tu lista. Recuerda que no todo lo tienes que conseguir el próximo lunes, pero no renuncies a nada de lo que de verdad te importa. Mira a diario tu lista, familiarízate con ella, mantén la calma, tómate todo el tiempo que necesites para desmenuzar y re-enumerar esos propósitos por orden de importancia para ti (no más de un mes, que luego nos aburren las listas) y empieza a trabajar con uno de ellos ahora mismo mientras afinas el resto. Divídelos en pasos y acciones claros y creíbles para ti, y ponte en marcha. De veras que es la única manera que tenemos de no repetir la misma lista durante diez años más.

Dice Natalie Goldberg que para escribir bien lo que hay que hacer es escribir sin parar. El primer -y más importante- consejo que la autora  de Writing for Life da a sus alumnos para escribir de forma satisfactoria es: "Mantén tu mano en movimiento". En el mundillo literario americano este consejo es considerado también válido para el sexo pero yo considero que es un consejo validísimo para la vida en general.

Para vivir bien lo hay que hacer es vivir sin parar, mantener la vida en movimiento.

Sin perder la calma.



viernes, 18 de septiembre de 2015

La fórmula de la felicidad (y II): Magia Potagia...

Para alcanzar la verdadera madurez tienes que descubrir qué es lo que más valoras. Es extraordinario descubrir cuán poca gente lo alcanza. Parecen no haberse parado nunca a considerar qué es lo que tiene valor para ellos. Malgastan grandes esfuerzos y en ocasiones hacen enormes sacrificios por valores heredados o imbuídos por otros que, en realidad, no cubren sus verdaderas necesidades. Y pierden así el auténtico significado de la vida.
(Eleanor Rooselvelt,11 Keys for a more fulfilling life)

La fórmula mágica:

Actitud + Intención + Confianza = Felicidad


La felicidad, cuando la empezamos a buscar, es un poco esquiva y puede parecer revoltosa... Dice la leyenda que, al igual que a las mujeres, no hay quien la entienda.

Y es una fama injustificada porque somos bien sencillitas: si decimos que no nos pasa nada, quiere decir que estamos echando humo; si decimos ya veremos quiere decir que ni lo sueñes; si decimos que lo pensaremos, queremos decir que sí; y si decimos que sí, queremos decir que por supuesto y de inmediato. Si una amiga nos pregunta que qué tal va con esa falda y le contestamos que tiene un color de uñas ideal queremos decir que va hecha una facha... ¿Quién no entiende eso, por diossssss? Es un lenguaje bien sencillo, solo hay que saber un poco de cálculo creativo...

Los hombres en cambio son un poco menos delicados, aunque ellos dicen que son simples: si dicen sí, están diciendo que sí; si dicen no, están diciendo que no y si les preguntas que si vas bien o si creen que estás gorda te van a decir la verdad. ¿Quién entiende eso, por diosssss? Dicen, también, que se les puede adivinar el pensamiento...

Bueno, pues la felicidad en su segunda y última fase (o sea, que le has pillado el truco y llevas carrerilla) es un poco como ellos: sí es sí y no es no. Absolutamente. Y, además, puedes adivinar perfectamente si llevas buen camino o te vas escorando hacia el lado que no te conviene.

Hay que trabajarla un poquito y estudiar las consecuencias de creer o no creer en esa verdad absoluta.

Hay que empezar por la actitud. La actitud para seducir a la felicidad es el equivalente a tu aspecto físico en tu primer y esperado encuentro romántico con alguien. Igual que un hombre nunca te mirará dos veces por mucho que pases ante él si vas hecha un trapo, o llevas cara de pena o mala hostia, la felicidad no se te acercará si se huele que andas todo el día quejándote, pensando en la mala suerte que tienes, lo triste que es tu vida o que la culpa de tu despido ha sido del jefe —que te tiene manía, por supuesto.

La felicidad nos hace ojitos a todos y siempre pero solo te perseguirá con ahínco si tú también andas por ahí buscándola con interés, recordando todos tus bienes y aceptando con paciencia y buen humor tus males, mientras trabajas para que la cosa vaya todavía mejor, deseando disfrutar de ello y estando dispuesto a no parar hasta darle caza —con ayuda o sin ella.

La actitud es la decisión que tomas alegremente de no rendirte hasta alcanzar el objetivo deseado, pase el tiempo que pase y bajo las circunstancias que te rodeen. Es saber que todo pasa y que no hay mal que cien años dure y que, si haces tu parte, serán muchos menos de cien.

La actitud es pensar en ello de forma casi obsesiva, como cuando empiezas a salir con tu novio o te dan tu primer trabajo: es probar esto y aquello y todo lo que se te ocurra para ver si esa es la manera (o una de ellas) de que se rinda y caiga a tus pies por siempre jamás. Y a diario, que ya sabemos que la felicidad hay que buscarla sin descanso para hacerla nuestra cada día. La mala noticia es que, en esto no hay vacaciones, y al mínimo descuido, tu nivel de felicidad retrocede.

Por ejemplo:

Nuestra protagonista, Elisa, acaba de pasar una mala racha y con el alivio de salir de ella vienen las ganas de volver a disfrutar. Todos están más que contentos de verla, les admira la forma en que ha salido del asunto y la han estado apoyando y vitoreando por su valor y buen hacer en un asunto tan difícil... Está muy contenta y va a una reunión de buenos amigos con una actitud sinceramente positiva, alegre y esperando lo mejor de la velada. Ha salido del túnel y no piensa volver a él.

La velada discurre de forma inmejorable, es todo agradabilísimo, cada vez más.

Hasta que alguien cuenta algo magnífico que le ha pasado; algo casi increíble. Le piden más detalles (el odioso ¡otra, otra!) y el afortunado se pone a desgranarlos para admiración y contento del grupo entero que se apiña a su alrededor. Son tantos los detalles maravillosos de lo que le ha ocurrido que nuestra Elisa piensa que qué buena suerte. Pero no se alegra mucho, no sabe por qué. Es más, cuanto más se alegran los otros y lo vitorean, más rojillo se va haciendo un pellizco que ha aparecido en su barriga sin que se diera cuenta.

El pellizco de la tripa se le va haciendo más apretado y más coloráoh según la gente vitorea y jalea a Enrique más y más... Y de repente recuerda todo por lo que ha pasado y lo que ha hecho para superarlo —y, además, los otros lo dicen. Se lo han estado diciendo durante cinco meses, ¿no? Entonces, ¿por qué ahora este mindundi de Enrique que no merece nada porque no ha hecho nada está rodeado de multitudes que lo felicitan por algo que, por porcentaje de desgracias y derecho de nacimiento, es suyo? Esto lo arreglo yo en un pispas, decide nuestra chica.

—Por cierto, yo también tengo una buena noticia: me ha dicho el médico que es muy poco probable que se me reproduzca el cáncer... —anuncia triunfante con cara de mártir agradecido.

Y, con ello, por dos segundos gloriosos, se hace de nuevo con la atención de la fiesta entera.

Todos se alegran, claro, pero nuestra chica ha planchado la fiesta; para ella misma y para todos. Porque, claro, ¿quién es el guapo que jalea al de la loto millonaria cuando tenemos aquí mismo una santa? Pensando en que puede que el año que viene se le reproduzca su enfermedad, los otros no saben qué pensar acerca de si es o no decente alegrarse tanto por una frivolidad como es un premio de diez millones de euros que le han tocado a una persona sana y alegre como ella sola...

Por ese segundo de gloria, ha perdido una noche entera de alegría. Porque lo peor de todo es que ese segundo de atención general no le ha dado lo que buscaba: la felicidad de sentirse importante. Sólo se le han ahuecado un poco las plumas durante ese momento que ha vuelto a ser rabiosa actualidad; y sólo hasta que cayó en la cuenta de que ha estropeado un buenísimo rato.

Pero si no reclamaba su posición de prota esa noche, si pierde esa ocasión, corre riesgos enormes... ¿Y si siendo feliz solo será protagonista de su propia vida y la de nadie más?¿Y si siendo feliz no vuelve a ser protagonista en la vida de los otros, ni siquiera un rato? Más vale recordarle a la gente mi existencia de vez en cuando, aún a costa de un mal rato para todos, que arriesgarme a desaparecer en la nada aunque fuera llena de felicidad, ¿no?, intenta convencerse.

Se nos olvida con excesiva frecuencia que la gente no recuerda casi nunca lo que dijimos pero recuerda siempre cómo la hicimos sentir.

Nuestra prota y sus amigos hubieran seguido felicísimos en la fiesta si, al notar el pellizco en la barriga, lo hubiera observado con interés y lo hubiera comentado de forma humorística consigo misma: Anda, mira, ahí va mi necesidad de protagonismo... A ver qué hace ahora. Mira qué interesante: mi envidia por los diez millones de la loto  de Enrique compitiendo por llevar a mi ex-cáncer a primera linea de actualidad... Y ahí hubiera quedado la cosa. Hubiera seguido la fiesta y nuestra chica hubiera disfrutado [casi] tanto como los otros festejando los millones de Enrique; y felicitándose por haberse pillado a tiempo de evitar el patinazo y la consiguiente metedura de pata para su propia felicidad.

En realidad, nuestra actitud, siendo la conveniente, está diseñada para bastarse y sobrarse en esto de procurarnos la felicidad. Y un día, si nos empeñamos, nuestra fórmula de la felicidad quedará así de simple:

Actitud + Intención + Confianza = Felicidad

Perooooo... Cuando empezamos a buscar la felicidad, nuestro cambio de actitud —que decidimos tras un segundo de revelación mística espontánea y diez años de aburrimiento y cansancio de tener mala suerte— puede que tarde un tiempo aún en asentarse de forma mas o menos definitiva, y hemos de estar alerta. Por eso necesitamos hacer un esfuerzo consciente para que la nueva actitud se quede con nosotros y no se limite a ser un episodio más de subidón bipolar en nuestra larguísima lista de “Mentiras y decepciones de mi perra vida”.

Para conseguirlo podemos dar dos pasos y afianzar esa actitud:


Establecer con la mayor claridad posible una intención al respecto. Y lo haremos con inteligencia y astucia...

Como es muy difícil establecer con claridad (y creérnoslo) la intención de Seré feliz para siempre jamás, hemos de hacerlo de forma que nuestra mente y nuestra lógica personal se lo crea. Poquito a poco, como cuando le damos las últimas cucharadas de papilla a un niño ya casi ahíto.

Puede ser algo tan humilde como: Disfrutaré hoy mi clase de francés pase lo que pase; aunque mi pronunciación no sea perfecta. Al fin y al cabo, estoy aprendiendo francés; si lo tuviese ya perfecto, no tendría que ir a clase. Me fijaré en las nuevas palabras que aprendo y la pronunciación irá mejorando inevitablemente. Esto es una verdad objetiva que nuestra mente y nuestra lógica pueden tragarse y digerir con facilidad.

Nos comprometemos a tener confianza en nosotros mismos, en la vida, en ese día y en que la profesora nativa de francés sabe lo suficiente para enseñarnos francés; al menos, algo de francés.

Aunque su método pedagógico sea terrible, sabe más francés que nosotros; eso es indudable. Eso es un hecho objetivo que nuestra mente y nuestra lógica no tienen más remedio que aceptar. Un nativo francés sabe más francés que un inglés que está aprendiendo francés. Eso no puede negarlo ni siquiera nuestra particular y susceptible lógica.

Acerca de la confianza hay mucho que decir. Es una parte de la ecuación igual de importante que la actitud y la claridad de intención. Estamos más familiarizados con la palabra que con el concepto de confianza, así que no la menosprecies: es fundamental.

Confía en tí mismo. Confía en el universo (o en la vida, o en Dios, o en Lo Que Sea que tú crees que te apoya y te sostiene). Confía en que tus elecciones y decisiones son válidas. Confía en que puedes enmendar posibles errores. Confía en que puedes ser perdonado. Confía en que puedes pasar página y dejar ir cualesquiera errores que creas o sientas que otros han cometido contigo. Tienes que convertir tu vida en algo que fluya con facilidad, a favor de la corriente, de tu corriente. Tienes que liberarte, sentirte ligero, estar dispuesto a crecer, expandirte y dejar ir todo aquello que, en forma de viejas heridas u ofensas, sientes que te mantiene parado, estancado, retrasado, paralizado; con la sensación de que no avanzas.

No podremos crear la vida que de verdad deseamos si mantenemos nuestra energía concentrada en el resentimiento, temores y rabia acerca de lo que ya pasó. Necesitamos dejar atrás (que no esconder) viejas ofensas, y hacerlo de forma consciente, sabiendo que es la manera más rápida y eficaz de poder crear la vida que de verdad queremos vivir.

Y tenemos que entender que hay gente que no tiene la inteligencia ni/o la habilidad suficientes para actuar de forma racional Y QUE ESO NO TIENE NADA QUE VER CON NOSOTROS. Por nuestro bien, y pensando egoístamente, habremos de perdonar incluso a aquellos que son dificilísimos de perdonar.


Felicidad a lo bestia. Esa es la
que perseguimos.
Hala, ya he terminado; el sermón del domingo lo he dado hoy ;-D


¡Feliz y venturoso finde!

sábado, 12 de septiembre de 2015

Cargando la bolsa del vecino

Pensamos 60.000 pensamientos al día. ¿Malgastas 59.999 de ellos en pensar de forma negativa, improductiva, autoflagelante?

No necesitamos estar entre rejas para ser prisioneros.

Podemos ser prisioneros de nuestras propias creencias, pensamientos, elecciones e ideas. Así es como un número inimaginable de personas inteligentes malgastan la mayor parte de sus vidas. Triste pero cierto.

También es duro de admitir que esa es la forma en que hemos estado haciendo las cosas a lo largo de los últimos diez o doce años (o más), y que esa forma de hacerlas es lo que nos mantiene atascados, frustrados e infelices. Si te preguntabas el por qué de tu infelicidad, ésa es la respuesta. Has estado pensando y eligiendo en contra de ti mismo...

No te ha roto el corazón el suspenso; no te ha roto el corazón tu [aparentemente] alma gemela; no te ha roto el corazón tu jefe ignorándote en ese posible ascenso... El corazón te lo ha roto, y lo rompe siempre, tu forma de plantearte respuestas de la forma equivocada: negatividad y dudas acerca de tu validez personal o de tu capacidad. O el no querer hacerlo de otra manera.

Incluso si estás en general cómodo con tu forma de vida actual, da un repaso a lo que sigue. Vale la pena tomarse unos minutos para averiguar si alguno(s) de estos puntos te están manteniendo donde no quieres estar e impidiendo que desarrolles todo tu potencial. O, si no todo, al menos la cantidad de potencial que sí quisieras desarrollar...  ;-D

Abandona tus creencias limitadoras acerca de lo que puedes o no puedes hacer, acerca de lo posible y de lo imposible. De ahora en adelante no vas a permitirte seguir en el lugar equivocado a causa de creencias y pensamientos que no te ayudan ni son tuyos. Si te atascas, al menos que sea haciendo todo lo posible por desatascarte.

Recuerda que una creencia no es una idea que sostienes en mente, sino que es esa idea la que sostiene tu mente. Para bien y/o para mal.

Como digo tan a menudo como me atrevo, nunca existirá el momento perfecto para perseguir nuestros sueños y objetivos; nunca nos sentiremos preparados al cien por cien y nunca nos caerá del cielo la felicidad de golpe mientras miramos las nubes. El único momento perfecto de verdad para cualquier cosa es éste, AHORA; no existe otro. Ayer ya es tarde y mañana es demasiado pronto todavía...

Tienes que encontrar el granito de mostaza necesario cada día, y lo tienes que encontrar ahora mismo para escribir ese mail, solicitar ese puesto, enviar ese CV, hacer esa llamada, acercarte a esa persona que te interesa...

La fe significa vivir con cierta incertidumbre mientras confías en la vida y en ti mismo, permitiendo que tu intuición te guíe a través de tu camino cuando éste parece desaparecer en la oscuridad. Y permitiendo que "Dios te ampare".

Igual ocurre con cualquier otra carretera: el hecho de que no esté alumbrada con farolas de cien mil vatios no significa que la carretera haya desaparecido justo cuando vas a pasar tú. Está ahí, y lo sabes; y enciendes los faros o una linterna y sigues andando en la [casi] seguridad de que la carretera está ahí. No aparcas el coche en la cuneta y decides esperar hasta que amanezaca al día siguiente. Sería absurdo, ¿no? Pues igual. Lo más que puede ocurrir en la oscuridad [y eso si te dedicas a manotear y pierdes el norte a causa del miedo y los nervios] es que te equivoques de camino y tengas que rehacerlo de otra manera o por otro sitio. Pero NUNCA, recuérdalo, NUNCA llegas a los confines del planeta y te caes y te caes por el borde al vacío... 

Vamos a hacer deberes, como los niños; estas son dos ideas [vamos a ir pasito a pasito] que, si las aplicas, te ayudarán:

  • Alguien [padres, maestros, amigos] que te importaba mucho estableció, en algún momento pasado, lo que tú eras y merecías, y tú aceptaste esa elección como verdad única e incontestable. Y hoy la sigues eligiendo y aceptando como tal cada día.
¿Qué ocurriría si, solo por hoy, eligieras creer que tienes suficiente, eres suficiente y que has llegado lo suficientemente lejos como para merecer una vida a tu gusto? ¿Qué ocurriría si, sólo por hoy, eligieras creer que has hecho un buen trabajo? ¿Y qué ocurriría si mañana por la mañana eliges creer todo eso otra vez?

Has estado muy ocupado tratando de satisfacer las expectativas de otros, muy probablemente de ése o ésos que te dijeron o te mostraron sin palabras que no valías o no eras lo suficiente (no sabemos para qué porque nunca se explican con claridad). Y, haciéndolo, no has arreglado nada: ni están contentos contigo ni tú eres feliz con la situación. Lo sepas: nunca, nunca, cubrirás las expectativas de otros; aunque te digan lo contrario, nunca estarán satisfechos contigo porque sus expectativas no se basan en tus capacidades o incapaciadades ni en su deseo de lo mejor para tí. Sus expectativas siempre, siempre, se basan en sus propias frustraciones y contrariedades.

  • Hemos vivido la vida de otros, no la nuestra propia. Hemos vivido la vida de acuerdo a lo que otros [padres, maestros, enemigos y amigos, gobierno) piensan que es lo mejor para nosotros... Al igual que ellos vivieron la suya de acuerdo a lo que deseaban sus padres para ellos, ahora se lo cobran exigiendo lo mismo de nosotros. Ellos ignoraron sus intuiciones y su propia voz interior y quieren que hagas lo mismo: se lo debes. Así que lo absurdo es que, en lugar de vivir nuestra propia vida, vivimos la vida ideal de la generación anterior... sin sentirla nuestra nunca (porque no lo es, aceptémoslo). Y haciéndolo así, por lógica, perdemos el control de nuestra propia vida porque ya no sabemos ni siquiera cuál es. Olvidamos qué es lo que nos hace felices, qué es lo que queremos, qué es lo que necesitamos y, con el tiempo, nos olvidamos de nosotros mismos.

Tenemos solo una vida nuestra aquí y ahora (ya nos ocuparemos de la próxima cuando llegue y ya nos ocupamos de la anterior si la tuvimos). Tenemos que vivirla nosotros y, sobre todo, no dejar que las opiniones de ningún otro, nos distraiga de nuestra verdad: sueños, objetivos y momentos y experiencias que conforman la vida que realmente queremos (y podemos) vivir.

Así, además de sentirnos bien (fallemos o no en cien puntos del camino), dejaremos de quejarnos continuamente de no sabemos exactamente qué, de sentirnos medio deprimidos o a medio gas, de magnificar los obstáculos y de perder energía en lugar de acumularla más y más. En una palabra: dejaremos de estar agotados aunque nos sintamos aterrados de tanto en tanto al salir de nuestra zona de confort, y ni nos plantearemos dejar de dar el paso que queremos dar poniendo como excusa el miedo a "¿Y si no...?"

Pues si no, no; lo hacemos de otra manera, y otra y otra hasta que . ¿Y si sí...?

Y santas pascuas.


viernes, 4 de septiembre de 2015

Relaciones 2: Yo, Mi, Me, Minimalismo

No soy perfecta, pero tampoco soy imperfecta.
Sencillamente, estoy sin terminar...


No creo que sobre nada en el Universo ni creo que nada se pierda o se malgaste en él. Todo y todos tenemos nuestro papel en este mundo (y probablemente en algún otro), y me conviene creérmelo; así que me lo creo.

Aunque me cueste entender el papel cósmico de las cucarachas y las ratas en el planeta (o en cualquier otro lado), sé que lo tienen. De momento, el hecho de que se coman parte de la basura que genero yo ya es un puntazo. Otra cosa es que prefiera que la basura se la comiese una máquina invisible, no ruidosa, que no ocupase la mitad de mi cocina y que entrara en funcionamiento en el mismo instante en que la genero; pero, bueno, todo llegará... Mira, es un buen aparato para poner en una de mis siete vidas paralelas, ahora que lo pienso.

Desde hace años, a mi vuelta de las vacaciones de verano de San José, decido que de esta vez no pasa el que ponga en orden total mi hogar madrileño. En la casa donde veraneo no falta nada, pero no sobra ni un vaso. Tiene lo justo, está despejada la mires por donde la mires, abierta, luminosa, aireada aunque no abras la ventana. Hasta lo que yo llamo mi plantación tiene las medidas justas para no dar la lata, tres o cuatro metros  de larga por 50 centímetros de ancha. Una fila de losetas pegada a la valla del patio que sustituimos por tierra abonada y rellené plantando mogollón de buganvillas, tres hibiscus y, en la esquina, un limonero lunero que, este año por primera vez, ha dado ya sus frutos: unos racimos de limones verdes a los que cuando me vine anteayer aún era imposible hincarles el diente.

Es el jardín ideal porque me lleva exactamente diez minutos al día cuidarlo. En realidad ni eso porque abro la manguera, la coloco al pie del limonero y, cuando hace charco allí, la voy corriendo a lo largo de la plantación mientras hago picatostes o frío un huevo. Lo suficiente como para tener la sensación no solo de que tengo un jardín sino la más satisfactoria aún sensación de que es obra mía y lo sigue siendo.

Inevitablemente, a mi vuelta a Madrid la comparación de casas y jardines me produce un estado de ansia tal por el orden, por los espacios despejados y por lo justo y necesario que me pongo a ello de inmediato. Hasta el momento, no ha dado resultado, aunque el año pasado conseguí adecentar mi despacho y ya podemos entrar en él sin pisar nada que no sea suelo.

Pero casi enseguida, ocurre una cosa curiosa: ahora que está tan de moda ser minimalista, yo me vuelvo maximalista... La mitad de mis deseos se contradicen con la otra mitad: cuanto más me empeño en ordenar, dar y tirar, más crece todo a mi alrededor, un jardín esplendoroso de deseos cumplidos sin orden ni concierto.

Quizás esto sea una bendición y lo estoy mirando desde la perspectiva equivocada. Quizás lo que deba ordenar sean mis deseos...

Ahora que tengo hechas las paces conmigo misma y honro todos mis deseos como si fueran honorables, creo que esto ha empezado a írseme de las manos, al menos en el tema doméstico.

En cada vida tengo, al menos, dos casas: una en la que vivo y otra en la que veraneo, faltaría más. Y en algunas de ellas, sencillamente, colecciono casas. Repito que lo quiero todo. Bueno, lo único que no quiero en ninguna de mis vidas es un barco en propiedad. Es algo tan estresante manejar tripulaciones...

Pero parece que las ansias de orden me persiguen hasta en sueños. Debe de haber algo que sigue ahí en el fondo insistiendo en el minimalismo y todo lo que eso conlleva; todo eso que, de momento, no tengo ni soy. No solo quiero esta vida que me encanta, sino que quiero también esas siete vidas de gata total en Barbuda, Edimburgo y Polinesia descubriendo mariposas y todas las otras.

Y lo noto porque, justo antes de meterme en faena y disfrutar de la vida que elija vivir ese rato una tarde cualquiera, me precipito sin remedio a preparar el escenario. Y en todas mis vidas probables, sin excepción,  me ocupo de que la casa esté perfecta y totalmente amueblada, adornada, equipada, sin hormigas ni cucarachas, sin polvo, sin cajas amontonadas en el cuartillo de la esquina, sin mosquitos-tigre (ni siquiera los consiento en la Polinesia), sin alfombras ni cortinas (aparecería inevitablemente la odiosa aspiradora); y todo, absolutamente todo en todas esas mis vidas paralelas, es AUTOLIMPIABLE y AUTOPLANCHABLE. Hasta que no he conseguido meterme en ese escenario perfecto, no empiezo de verdad a disfrutar mi otra vida de gata.

Lo que más odio de las tareas domésticas es, sin ninguna duda, recoger la mesa y sacar el lavavajillas, así que esa máquina infernal no existe en ninguna de mis otras vidas. No lo hará al menos hasta que mi imaginación sea capaz de crear el lavavajillas AUTOSACABLE, pero de momento el invento está en sus inicios más burdos: veo platos volando desde el aparato hasta los armarios de la cocina (perfectamente ordenados y sin mácula) y mi fe en los milagros aquí falla. Porque en lugar de ver reposadamente cómo toda la vajilla se auto-coloca en su lugar sin mi intervención, lo que me veo es corriendo por toda mi cocina polinesia intentando evitar que esos malditos platos me den en la cabeza. Y no he podido aún imaginar una escena menos estresante para ese tonto asunto diario de la limpieza y recogida de platos y vasos. De momento, no como ni bebo en casa en ninguna de esas vidas, a excepción de mi té de hibisco en el porche de Barbuda, que mi Sabine hace desaparecer por arte de magia en cuanto lo he terminado. Quizás deba llevarme a Sabine a mis otras vidas...


Si solo de pensar en el asunto de sacar el friegaplatos (asunto que es materia de negociación casi a diario con mi hija menor) me produce ese estado de ansiedad en una vida ¿vale la pena que me empeñe en el maximalismo llevado a su cumbre? No, y es por eso que mis vidas paralelas cumplen una función perfecta en mi tendencia a quererlo y tenerlo todo: como no es físico (aunque sí real, eh?) lo puedo manejar con facilidad y, sobre todo, no me lía la vida (más todavía), lo que es muy de agradecer.

Por otro lado, tengo tendencias reales al minimalismo en mi vida diaria y las cumplo de forma satisfactoria en mis vidas paralelas. Eso es un hecho.


El asunto es ahora, ¿cómo traer ese minimalismo tan bien imaginado en Barbuda o New York (un loft diáfano) a mi casa y mi vida de Madrid?

El firme propósito de este otoño -de nuevo- es el orden en casa. Pero este año hay una diferencia fundamental: va ser verdad, un hecho y una realidad como en mis otras vidas, porque ¡ya he descubierto la forma de llevarlo a cabo!.... :-D